23.4.08

Gorras

Los ves casi todos los días en algún sitio, por la calle, en el metro... y van tan divinos ellos con su gorra en la cabeza, son unos tipos estupendos porque llevan una gorra con el logo de algún equipo de béisbol (deporte del que probablemente no conozcan las reglas y no hayan practicado nunca); y se colocan la gorra torcida, o con la visera apuntando al cielo, o del revés... el caso es que no se la quitan nunca, les da lo mismo entrar en un local, en una casa o estar conduciendo o en un restaurante, parece que la llevan grapada esa gorra no se mueve de su cabeza da lo mismo que no haya sol o que esté lloviendo.

Otra variante que me tiene fascinado es la del gorrito de lana, que parece ser que han puesto de moda algunos jugadores de fútbol, la cosa consiste en un gorro de lana (a ser posible blanco o de colores horribles) calado hasta las cejas y tapando las orejas; aquí se aplica el mismo sistema que con la gorra, da lo mismo que la temperatura exterior (o interior) sea de 40º, el gorro no hay que quitarlo para nada.

Al margen de cuestiones estéticas, de que estéis expresando las "inquietudes" y la "cultura" de una generación (??) y de la cara de gilip*llas que se os queda cuando os ponéis el gorrito, todo se resume a una cuestión de educación básica, cuando se entra a un sitio, se descubre uno, ya lo dijo Pérez Reverte en una columna de octubre del 2000 en "El Semanal"

Bajo el ala del sombrero

El otro día, en un restaurante y durante una comida de trabajo, un fulano se sentó a la mesa con la gorra de béisbol encajada en la cabeza.

Antes de seguir adelante debo matizar que mi actitud hacia las antedichas se ha modificado ligeramente en los últimos siete años, ya no soy tan perro y tan radical sobre ellas como antes, y su visión no aviva las ansias homicidas que antes me suscitaba. Sigo siendo partidario de la ejecución sumaria de quienes llevan la visera en el cogote, pero su uso convencional ya no me indigna tanto. Sin duda me hago viejo y de una tolerancia repugnante, resignándome a lo inevitable. Incluso debo confesar que ahora tengo una gorra azul marino que me calo cuando en el mar el sol está muy bajo y necesito echar un vistazo a las velas. Umbrarum hic locos est, que dijo aquél. Nunca sabes a qué oscuras claudicaciones te conducirá la puta vida. En otras cosas, sin embargo, espero palmar en plena contumacia. Como lo que les contaba al principio sobre el fulano que comía con la gorra puesta. Dirán algunos de ustedes que cada cual es dueño de comer como le salga de los huevos, y que la culpa es mía por sentarme a comer con, fulano o con mengano. Pero no estoy de acuerdo. A veces el acto de comer no es voluntario, sino laboral; y no escoges compañía, o no puedes escogerla del todo. El caso es que el julandra que les cuento seguía con la gorra puesta mientras despachaba la ensalada de bogavante, y al final le pregunté si no le daba calor. Dudó un poco, nos miró, debió de leer en los otros alguna aprobación guasona a mi comentario, y al final se destocó, descubriendo una calva que nunca es vergonzosa pero que a algunos convierte en vergonzantes. Voilá la clave del asunto, pensé. Y eso fue todo.

Luego me quedé pensando en gorras y sombreros masculinos y me dije hay que ver cómo cambian los tiempos. Antes, cuando todo cristo se cubría con sombreros y boinas, cualquier bien
nacido se descubría al entrar en una casa, en un café, en una tienda, ante una mujer o un anciano. Incluso ante un sacerdote, cuando los sacerdotes con sus sotanas parecían ministros de algo, en vez de lo que parecen ahora, que se diría que reniegan de su oficio; y luego vienen a darte la extremaunción y los tornas por el fontanero, y cuando dicen «cuéntame, hijo mío», empiezas a contarles que el grifo gotea que es la hostia. Incluso pienso que antes el sombrero estaba para eso; para utilizarlo con perfecta cortesía en el momento adecuado, como cuando mi abuelo se tocaba el ala con el pulgar y el índice y un elegante gesto de cabeza al ver de lejos a un conocido.

A veces pienso que es una lástima no haber llegado a tiempo para algunas —sólo algunas, ojo— de esas cosas. Ahora toca vivir en tiempos donde un tiñalpa ordinario y descortés se pone algo en la cabeza, cree que así está interesante o atractivo, y ya no hay manera de que se destoque ni ante la Purísima de Murillo. A veces te encuentras en un café a algún escritor de los que se pretenden Oscar Wilde, o a un presunto elegante de páginas sofisticadas de revista de moda o suplemento dominical, y te dices hay que ver. En qué termina todo, pardiez. Llévenlo Alfredo Mayo, Carlos Gardel o Humphrey Bogart y cántele coplas Pepe Pinto, para terminar en esto. En la cabeza de este gilipollas.

Dirán ustedes que soy un maniático y un reaccionario y un cabrón, pero qué se le va a hacer. Cada cual es como es; y si a unos les place ir cubiertos en la mesa, a mi me place acordarme de la madre que los parió. Y ya ven. No uso corbata casi nunca y escribo en El Semanal — hablar es otra cosa— con palabrotas que sin duda condenarán mi alma; pero me acuchillaría con quien se deja el sombrero puesto donde no debe, o se quita la chaqueta en una comida —que esa es otra— sin preguntarles a los demás, sobre todo si hay señoras, si le permiten, o no se lo permiten, quedarse en mangas de camisa. Lo máximo lo vi hace siete u ocho años en una cena de Nochevieja: un fulano llegó vestido de smoking, y antes de tomar asiento se quitó la chaqueta y la puso en el respaldo de la silla. A ver por qué, pensaría el muy tonto del haba, no voy a ponerme cómodo si se trata de una cena.

Espero que me entiendan. No estoy tratando una cuestión de nivel social, ni siquiera de lo que comúnmente llamamos educación. Hay gente que nunca tuvo el privilegio de recibir una educación esmerada, pero a la que el sentido común y la natural decencia enseñaron a mantener la compostura. Y es que tal vez la palabra exacta sea ésa. Ni educación, ni etiqueta, ni vainas en vinagre: sólo compostura. o, dicho de otro modo, la certeza de que hay reglas; incluso reglas propias, o reglas para quienes se pretenden infractores o marginales. Y que sin ellas la dignidad personal en ciertos juegos de la vida resulta imposible. Si no existiera ese filtro selectivo, todos seríamos iguales y podría jugar cualquier imbécil.

Arturo Pérez Reverte
15 de octubre de 2000

1 comentario:

arponera dijo...

Lini no se quita el gorrito :-( (yo creo que se está quedando calvo.)